Cae la Industria por la Baja Demanda y las Importaciones

Cae la Industria por la Baja Demanda y las Importaciones

La actividad industrial argentina ha registrado una de sus peores marcas anuales, evidenciando una profunda contracción que pone en jaque la estabilidad del aparato productivo nacional y disipa cualquier expectativa de una recuperación consolidada en el corto plazo. Según el más reciente informe sobre la Utilización de la Capacidad Instalada en la Industria (UCII) publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), correspondiente a noviembre de 2025, el sector operó a tan solo un 57,7 % de su potencial. Esta cifra no solo es alarmante en términos absolutos, sino que representa la tercera marca más baja de todo el año y refleja una caída interanual de 4,6 puntos porcentuales en comparación con el 62,3 % registrado en noviembre de 2024. Este retroceso, lejos de ser un hecho aislado, es el resultado de una combinación de factores adversos que han debilitado sistemáticamente al sector. El informe identifica dos causas principales y concurrentes: una notable disminución de la demanda interna, consecuencia directa de un poder adquisitivo erosionado que restringe el consumo de bienes, y un significativo aumento en el ingreso de productos importados, una política de apertura comercial que genera una competencia directa y, en muchos casos, perjudicial para los fabricantes locales, especialmente en los segmentos más vulnerables y de mayor generación de empleo.

Evolución Anual y Mensual de la Actividad Industrial

El desempeño de la industria a lo largo de 2025 se caracterizó por una marcada volatilidad dentro de un rango operativo persistentemente bajo, fluctuando entre un mínimo del 54,4 % en marzo y un máximo del 61,1 % alcanzado en septiembre. A pesar de las variaciones mensuales, el sector nunca logró recuperar los niveles de actividad del año anterior, manteniéndose en una meseta de estancamiento que impidió cualquier consolidación. El año comenzó con un nivel de utilización del 55 % en enero, seguido de una leve mejora en febrero que lo llevó al 58,6 %. Sin embargo, marzo registró el punto más bajo del ciclo anual con un preocupante 54,4 %. Los meses subsiguientes mostraron una recuperación moderada y erráticabril (58,2 %), mayo (58,6 %), junio (58,8 %), julio (58,2 %) y agosto (59,4 %). El pico de septiembre, con un 61,1 %, pareció insinuar una posible recuperación sostenida, pero esta esperanza se desvaneció rápidamente con una leve caída en octubre al 61 % y el posterior y significativo retroceso en noviembre al 57,7 %. Este comportamiento errático refleja una industria que opera sin un impulso claro, incapaz de consolidar una senda de crecimiento y extremadamente sensible a los vaivenes del complejo contexto macroeconómico.

La trayectoria de la capacidad instalada a lo largo del año pasado dibujó un panorama de estancamiento estructural que va más allá de las fluctuaciones mensuales. La incapacidad del sector para superar de manera consistente la barrera del 60 % de utilización revela profundas debilidades que no pueden atribuirse únicamente a factores coyunturales. Operar de forma sostenida a niveles tan bajos tiene implicaciones graves, como la pérdida de eficiencia productiva, el desaliento a la inversión en nueva tecnología y la creciente amenaza sobre los puestos de trabajo. Esta meseta de baja actividad consolidó un escenario en el que las empresas, enfrentadas a una demanda interna deprimida y una competencia externa creciente, carecieron de los incentivos necesarios para expandir su producción. El contexto macroeconómico general, marcado por la incertidumbre y la falta de financiamiento accesible, funcionó como un ancla que impidió cualquier despegue significativo. En consecuencia, la industria permaneció atrapada en un ciclo de bajo rendimiento, donde los breves picos de actividad no fueron suficientes para revertir una tendencia general de contracción y fragilidad que condicionó el cierre del año.

Una Realidad Heterogénea y Polarizada por Sectores

El promedio general del 57,7 % de utilización de la capacidad instalada oculta una realidad profundamente heterogénea y polarizada, con una brecha cada vez mayor entre los distintos rubros industriales. Mientras algunos sectores, principalmente aquellos ligados a la exportación o a procesos productivos con menor dependencia del consumo masivo, demostraron una notable resiliencia, otros, de carácter más mano de obra intensiva y orientados al mercado interno, sufrieron desplomes dramáticos que evidencian una crisis sectorial aguda. Entre los sectores con mejor desempeño, la refinación del petróleo se posicionó como el pilar de la actividad industrial, liderando con un impresionante 86,5 % de utilización de su capacidad. Le siguieron las industrias metálicas básicas, que mostraron una gran solidez al operar al 73,3 %, y el sector de papel y cartón, que mantuvo un buen ritmo de producción con un 71,2 %. Por su parte, los productos alimenticios y bebidas, a pesar de las debilidades internas en algunos de sus subsectores, lograron un promedio del 64,2 %, mientras que los productos minerales no metálicos se ubicaron ligeramente por encima de la media, con un 58,2 %. Finalmente, las sustancias y productos químicos alcanzaron un 57,8 %, prácticamente en línea con el promedio general.

En el extremo opuesto, la situación fue diametralmente opuesta para un grupo de industrias clave que operaron muy por debajo del nivel general, convirtiéndose en la cara más visible de la crisis productiva. El sector textil se encontró en una situación crítica, habiendo operado a tan solo un 29,2 % de su capacidad, una cifra que representa un desplome catastrófico en comparación con el 48,2 % que registraba en noviembre de 2024. La metalmecánica, excluyendo al sector automotor, experimentó una fuerte contracción, cayendo a un 39,9 % de utilización, muy lejos del 50,0 % del año anterior. La industria de productos de caucho y plástico también mostró un bajo rendimiento, operando a un 41,0 %, mientras que los productos del tabaco alcanzaron solo el 44,9 % de su capacidad. Uno de los retrocesos más severos lo sufrió la industria automotriz, que cayó al 46,3 % desde un robusto 64,7 % en 2024, evidenciando una crisis profunda en las terminales. Por último, el rubro de edición e impresión se ubicó en un 50,6 %, también por debajo del promedio. Esta marcada disparidad refleja un modelo productivo fracturado, donde la fortaleza de unos pocos sectores no es suficiente para compensar la profunda debilidad de aquellos que dependen del mercado interno.

Causas de la Caída y un Futuro Incierto

Un análisis pormenorizado de los sectores más afectados revela las dinámicas específicas que condujeron a esta contracción generalizada. En el sector textil, la crisis se manifestó en cifras contundentes: la fabricación de tejidos y el acabado de productos textiles se desplomaron un 43,9 % interanual, mientras que la producción de hilados de algodón se contrajo un 37,1 %. Estos datos reflejan el doble impacto de una demanda interna en caída libre y una competencia feroz por parte de las importaciones. En el sector metalmecánico, la principal incidencia negativa provino de la fabricación de aparatos de uso doméstico, que se derrumbó un 39,7 % interanual debido a una demanda local deprimida y una creciente competencia de productos importados. La industria automotriz, por su parte, vio su capacidad utilizada fuertemente reducida por una menor cantidad de unidades fabricadas, lo que sugiere problemas tanto en el mercado interno como, posiblemente, en los destinos de exportación. Incluso en el sector de alimentos y bebidas, que se mantuvo por encima del promedio, el desempeño fue lastrado por caídas significativas en subsectores clave para el consumo masivo, como las ventas de gaseosas, aguas y jugos, que cayeron un 7,5 %, y la producción de carne vacuna, que retrocedió un 6,6 %. Finalmente, el rubro de caucho y plástico sufrió por partida doble, con una contracción alarmante del 34 % en la producción de neumáticos y una disminución del 8,8 % en las manufacturas de plástico.

De cara al presente año, el panorama que dibujaban los especialistas era de cautela y moderación, sin proyecciones de una recuperación vigorosa. Cualquier mejora estaba supeditada a la evolución del complejo contexto macroeconómico general. Los análisis sugerían que podría observarse una leve recuperación en la segunda mitad del año, un escenario optimista que dependía de dos condiciones fundamentales: una mejora tangible en el consumo interno, ligada a la recuperación del poder adquisitivo, y una mayor estabilización cambiaria que brindara previsibilidad. Sin embargo, persistían riesgos significativos que amenazaban con frustrar cualquier intento de reactivación. Entre los más importantes destacaba la continuidad de la apertura importadora, que seguía siendo una amenaza latente para los sectores más expuestos a la competencia internacional. A esto se sumaba la falta de financiamiento accesible para la inversión productiva, que limitaba la capacidad de las empresas para modernizarse y mejorar su competitividad, así como la incertidumbre sobre los costos energéticos. En este marco, se preveía que sectores como el automotriz y el metalmecánico seguirían fuertemente condicionados por la demanda local, mientras que la industria de alimentos y bebidas podría estabilizarse solo si se producía una recuperación del poder de compra. Los pilares que se perfilaban para sostener la actividad industrial eran la refinación de petróleo y las industrias metálicas básicas, aunque su buen desempeño difícilmente sería suficiente para revertir la tendencia general de estancamiento en el corto plazo.

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