La transformación de la identidad del pescador comercial en un agricultor del mar representa un pilar fundamental para alcanzar la soberanía alimentaria en el archipiélago puertorriqueño. Esta premisa, central en el documental Agricultores del Mar, dirigido por el cineasta Juan C. Dávila Santiago, trasciende la mera crónica audiovisual para convertirse en un análisis profundo sobre la supervivencia y la autonomía de la isla municipio de Vieques. A través de la lente que sigue a Pedro A. Zenón y su tripulación a bordo de la embarcación Don Taso, se observa cómo la actividad pesquera ha evolucionado de ser una práctica extractiva a una defensa territorial activa. El pescador se redefine como un gestor de recursos y un protector de la biodiversidad, cuya labor es esencial para reducir la dependencia extrema de las importaciones externas. Este cambio de paradigma sugiere que la seguridad alimentaria no es solo un objetivo logístico, sino un proceso de reafirmación cultural y control sobre el entorno natural. La obra subraya que, en un archipiélago vulnerable a fenómenos atmosféricos y crisis globales, la capacidad de producir alimento localmente desde el océano constituye la base de cualquier proyecto de justicia social y económica a largo plazo.
El Legado de la Ocupación y los Peligros del Fondo Marino
La historia contemporánea de Vieques no puede entenderse sin considerar el impacto de más de sesenta años de ocupación por parte de la Marina de los Estados Unidos. Aunque las maniobras militares cesaron hace más de dos décadas, el territorio todavía enfrenta las consecuencias de haber sido utilizado como polígono de tiro y experimentación bélica. El fondo marino, que hoy recorren los pescadores en busca de sustento, alberga una cantidad indeterminada de municiones no detonadas y contaminantes químicos que alteran la salud del ecosistema. Este entorno físicamente peligroso impone una carga adicional sobre los trabajadores del mar, quienes deben navegar con una precaución extrema para evitar accidentes con artefactos explosivos que aún permanecen activos bajo el agua. La presencia de metales pesados como el mercurio y el plomo en las cadenas tróficas marinas no solo amenaza la viabilidad comercial de la pesca, sino que representa un riesgo latente para la salud pública de la comunidad viequense, que históricamente ha dependido del mar para su nutrición diaria.
La persistencia de estas amenazas bélicas en pleno 2026 pone de manifiesto la lentitud de los procesos de descontaminación y la ineficacia de las agencias responsables de la limpieza ambiental. Los pescadores artesanales se encuentran en la primera línea de esta problemática, actuando muchas veces como observadores involuntarios de un desastre ecológico que aún no ha sido resuelto por completo. El acceso a zonas de pesca ricas en biodiversidad sigue restringido por la presencia de material peligroso, lo que limita la capacidad productiva de la flota local y perpetúa un ciclo de exclusión económica. Este legado de ocupación militar actúa como una barrera invisible pero palpable que impide que Vieques desarrolle plenamente su potencial como centro de producción pesquera sostenible. La lucha por la limpieza total de las aguas no es solo una demanda ambiental, sino una exigencia de derechos humanos que busca restaurar la seguridad de quienes arriesgan sus vidas diariamente para proveer alimento a sus familias y al resto del archipiélago.
Crisis Climática y la Urgencia de un Nuevo Modelo Económico
El calentamiento global y la acidificación de los océanos han dejado de ser proyecciones abstractas para convertirse en realidades que afectan directamente los arrecifes de coral en las aguas circundantes de Vieques. Estos ecosistemas son los viveros naturales que sostienen la vida de las especies de mayor interés comercial, como la langosta y el pargo. Los pescadores han reportado cambios significativos en los patrones de migración de las especies y una disminución en la salud de los corales, lo que obliga a una adaptación constante de las técnicas de captura y de las zonas de intervención. La noción de «agricultores del mar» cobra aquí un sentido técnico, ya que implica una gestión consciente y rotativa de los caladeros para permitir la regeneración de las poblaciones marinas. Esta sabiduría empírica es vital en un contexto donde el aumento del nivel del mar y la frecuencia de tormentas severas destruyen la infraestructura terrestre, convirtiendo al océano en el recurso más estable y resiliente para la obtención de proteínas y nutrientes esenciales.
A pesar de la importancia crítica de la pesca, el modelo económico imperante en Puerto Rico ha favorecido históricamente el desarrollo de un turismo de lujo y la construcción desmedida en las zonas costeras. Esta priorización del cemento sobre el ecosistema marino ha desplazado a las comunidades de pescadores de sus espacios tradicionales de desembarco y procesamiento. La privatización de las costas no solo limita el acceso físico al mar, sino que erosiona la cultura marítima al tratar el océano como un simple paisaje decorativo en lugar de un recurso productivo. Para alcanzar una verdadera soberanía alimentaria, es imperativo revertir esta tendencia y colocar la pesca artesanal en el centro de las políticas de desarrollo. En lugar de grandes complejos hoteleros que consumen recursos locales sin devolver beneficios tangibles a la población, se requiere una inversión estructural en centros de acopio, refrigeración y distribución que fortalezcan la cadena de valor de la pesca. Solo mediante el apoyo a la pequeña escala se podrá garantizar que los beneficios del mar permanezcan en manos de quienes lo trabajan.
Sabiduría Ancestral y Resistencia en la Familia Zenón
La resistencia en Vieques tiene rostros y apellidos específicos, siendo la familia Zenón uno de los pilares más emblemáticos en la lucha por la recuperación de las tierras y el mar. Pedro A. Zenón encarna una tradición de activismo que se hereda de generación en generación, donde el trabajo en el agua es inseparable de la militancia política por la justicia territorial. Para estos hombres, cada jornada de pesca es un acto de soberanía, una forma de demostrar que el pueblo viequense posee el conocimiento y la capacidad para administrar sus propios recursos sin intervención externa. La sabiduría acumulada sobre las corrientes, las fases lunares y el comportamiento de las especies constituye un patrimonio inmaterial que se transmite de forma oral en las cubiertas de los botes. Este conocimiento detallado del paisaje submarino convierte a los pescadores en los guardianes más efectivos del ecosistema, ya que su propia supervivencia económica depende directamente de la salud del hábitat marino que defienden frente a la contaminación y la sobreexplotación.
Esta conexión profunda con el océano fomenta una ética de conservación que se opone radicalmente a las prácticas de la pesca industrial destructiva. El pescador artesanal de Vieques opera bajo una lógica de subsistencia y respeto, donde la captura se realiza con conciencia de los ciclos biológicos para asegurar que las futuras generaciones también puedan vivir del mar. Esta simbiosis entre el ser humano y la naturaleza es la base de la resiliencia comunitaria frente a las presiones del mercado globalizado y las crisis climáticas. La labor diaria de la tripulación del Don Taso es un testimonio de que la soberanía no se solicita, sino que se ejerce a través de la presencia constante en el territorio. Al mantener vivas las artes de pesca tradicionales y adaptarlas a las necesidades actuales, los pescadores están construyendo un muro de resistencia contra el olvido y el desplazamiento, reafirmando que el mar de Vieques pertenece, ante todo, a quienes lo navegan con respeto y lo cuidan con esmero.
Cine Documental como Herramienta de Justicia Ambiental
La labor de Juan C. Dávila Santiago a través de su obra documental funciona como un archivo vivo de la memoria colectiva y una herramienta de denuncia social. Al documentar la vida de los pescadores, el cineasta no solo captura imágenes estéticas de la costa caribeña, sino que visibiliza las tensiones políticas y las desigualdades estructurales que todavía persisten en la isla municipio. El cine se convierte así en un puente que conecta las luchas locales con una audiencia global, fomentando una solidaridad que es crucial para presionar por cambios legislativos y sociales. La narrativa de Agricultores del Mar busca generar un sentimiento de orgullo y pertenencia, recordándole a la población que el mar es una fuente de riqueza y biodiversidad que debe ser protegida frente a la ambición especulativa. El arte, en este sentido, cumple una función ética al dar voz a aquellos sectores que a menudo son ignorados por los centros de poder político, permitiendo que la historia de Vieques sea contada desde la perspectiva de sus propios protagonistas.
La verdadera paz para la comunidad de Vieques no se alcanzó simplemente con el cese de las detonaciones militares, sino que requiere una reparación histórica integral que incluya el acceso equitativo a los recursos. El documental pone de relieve que la soberanía alimentaria es una meta inalcanzable sin la devolución de los terrenos y la implementación de una política pública que proteja la pesca de pequeña escala frente a la competencia desleal de productos importados. La gestión ineficiente de los recursos marinos por parte de entidades estatales y federales ha sido un obstáculo constante que los pescadores han tenido que sortear con creatividad y organización comunitaria. Al celebrar la capacidad de adaptación y el ingenio de los trabajadores del mar, la obra cinematográfica insta a la sociedad civil a exigir una inversión real en infraestructura que permita que Vieques se convierta en un modelo de autosustentabilidad. La lucha por el mar es, en última instancia, una batalla por la dignidad y el derecho a un futuro donde la comunidad tenga el control total sobre su destino económico y ambiental.
Hacia un Modelo de Autogestión y Justicia Histórica
Durante el periodo reciente que abarca desde 2026 hasta la actualidad, se consolidaron avances significativos en la organización de las cooperativas pesqueras de Vieques. Los pescadores demostraron que la autogestión es el camino más viable para superar las barreras impuestas por el abandono estatal y las secuelas de la ocupación militar. Se establecieron protocolos comunitarios de monitoreo ambiental que permitieron detectar y reportar áreas con presencia de contaminantes, forzando así una respuesta más ágil de los organismos de limpieza. Estas acciones demostraron que la vigilancia ciudadana es la herramienta más eficaz para garantizar que los procesos de remediación se lleven a cabo con transparencia. La implementación de tecnologías de refrigeración solar y sistemas de trazabilidad para el producto local permitió que el pescado de Vieques llegara a los mercados principales con una calidad superior, reduciendo la huella de carbono y aumentando los ingresos de las familias que dependen directamente del océano.
La resiliencia demostrada por la tripulación de la embarcación Don Taso y otros colectivos similares sirvió como un testimonio de la persistencia puertorriqueña ante la adversidad. Se integraron programas de educación marítima en las escuelas locales, donde los veteranos del mar compartieron sus conocimientos con las nuevas generaciones, asegurando la continuidad de este oficio vital. Al final de este proceso, se reconoció formalmente que la soberanía alimentaria y la protección de los ecosistemas marinos son componentes inseparables de la seguridad nacional. Las políticas de desarrollo económico comenzaron a dar prioridad a la protección de las costas y al fomento de la pesca artesanal como una alternativa sostenible frente al turismo de masa. Este cambio de enfoque permitió que el derecho a existir y a alimentarse de las propias aguas se convirtiera en la base de un futuro digno, donde la justicia histórica finalmente se tradujo en una soberanía real sobre el territorio y sus recursos naturales.
